La continuidad de Manuel Adorni desató nuevas tensiones en el Gobierno y dejó al descubierto una interna feroz en el círculo más cercano a Javier Milei
En la Casa Rosada intentan mostrar orden, pero puertas adentro el clima parece cada vez más espeso. La decisión de Javier Milei de sostener a Manuel Adorni en medio de las denuncias y las sospechas sobre su patrimonio no calmó las aguas: al contrario, profundizó tensiones internas, reactivó viejas disputas de poder y dejó expuestas grietas que el oficialismo venía tratando de disimular.
El Presidente volvió a blindar públicamente a su jefe de Gabinete y dejó en claro que no piensa soltarle la mano. En el Gobierno aseguran que Milei interpreta cualquier pedido de renuncia como una señal de debilidad política y una concesión a la presión mediática y opositora.
Sin embargo, el respaldo presidencial no logró apagar el malestar interno. La tensión escaló luego de que Patricia Bullrich reclamara públicamente que Adorni adelante la presentación de su declaración patrimonial, un movimiento que cayó pésimo en el círculo más cercano a Milei y especialmente en el entorno de Karina Milei.
En Balcarce 50 hablan de reuniones tensas, pases de factura y una creciente pelea silenciosa entre distintos sectores del oficialismo. La pulseada no sería solamente por Adorni: detrás aparece otra vez la disputa por el control político del Gobierno entre Karina Milei y el asesor presidencial Santiago Caputo, dos figuras que desde hace meses libran una batalla fría por el manejo de la estrategia, la comunicación y el armado de poder libertario.
Mientras tanto, el oficialismo intenta bajar la temperatura con una nueva reunión de la llamada “mesa política”, donde volverán a coincidir Bullrich, Adorni, Karina Milei y Santiago Caputo. La idea oficial es mostrar cohesión, aunque en privado varios dirigentes reconocen que el Gobierno atraviesa uno de sus momentos internos más delicados desde que asumió.
El problema para Milei es que el conflicto ya dejó de ser una cuestión reservada a los pasillos del poder. Las sospechas sobre Adorni empezaron a golpear uno de los principales activos discursivos del oficialismo: la promesa de transparencia y de ruptura con “la casta”. Incluso algunas encuestas que circulan en despachos oficiales muestran una creciente preocupación social por los casos de corrupción y el desgaste de la imagen presidencial.
Por ahora, el Presidente eligió cerrar filas y redoblar la confrontación contra periodistas, opositores y sectores críticos. Pero en el propio oficialismo empiezan a admitir que la crisis dejó algo más profundo que un simple cortocircuito: la sensación de que el experimento libertario ya entró en una etapa donde las peleas internas pesan casi tanto como la agenda económica.


























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