Por Carolina De Paola
Tarde. En Argentina SIEMPRE se llega tarde. Tarde a lo importante, a lo irreversible. Tarde a las condenas, a la corrupción, a las violaciones, a los asesinatos. Y digo TARDE, porque cuando todo llega al punto de la aberración y de la condena social, queda al descubierto la cadena de silencios que se teje por años.
Una cadena de silencios llena de intereses, de mugre, que silencia necesidades y enaltece derechos humanos para quienes arruinan vidas.
Hoy Agostina está presente en todas las casas del país, menos en la suya.
Hoy hay un pupitre vacío que no volverá a ocuparse, una habitación con, quizás, reminiscencias de una infancia que vive en algún peluche, una silla a la mesa que ya no tendrá anécdotas de la vida adolescente, una vela de cumpleaños que no se va a soplar.
Hoy Agostina resuena porque de la boca de todos nosotros sale un “otra más”. “Otra”. Encierra indignación, hartazgo, repetición, la misma historia una y otra vez. La puerta giratoria. El mismo laberinto.
Pero es tarde. Agostina no vuelve, como no vuelven tantas otras.
Y ahora empieza el juego mediático, político, “que se vaya tal, que renuncie cual, cómo lo dejaron libre”. Claro. Nada de lo que suceda ahora vuelve a Agostina a la vida.
Porque es tarde. Porque la cadena de silencios nunca debería gestarse.
Y ante lo incomprensible, los comentarios que más duelen: “Dónde estaba la madre”, “Qué hacía la nena sola”, “Cómo tenía redes”, “En algo andaban”. Comentarios nefastos, propios de una porción de la sociedad que no se hace cargo de absolutamente nada a la hora de lo urgente. Propios de una sociedad que desprotege a las infancias cuando las voces gritan, propio de aquellos que politizan cuando la bandera de turno conviene, pero callan y señalan cuando no es de su lado. Propios de una sociedad que dejó de sentir.
La indignación queda chica. Porque siempre es tarde.


























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