«Alimentarse mejor es vivir mejor». La consigna es irrefutable y nadie la discute. El problema es para quiénes esa consigna tiene algún sentido práctico
Por Beatriz Priotti
Hagamos la cuenta. Según el INDEC, el 28,2% de la población argentina vive bajo la línea de pobreza. La UCA estima que el 46% de los argentinos no puede cubrir sus necesidades básicas cotidianas. Para todos ellos, la dieta no la diseña ningún profesional. La diseña el precio del aceite, el precio de la harina, el de la harina de maíz y el costo de la garrafa de gas que se administra con cuentagotas.
Comprar proteínas, hervir verduras, incorporar minerales, variar la fuente de nutrición: eso no es una opción cuando el ingreso apenas alcanza para lo que hay. Y si en alguna de esas familias alguien se enferma, todo se agrava de manera exponencial. La enfermedad no solo exige una alimentación más cuidada —justamente la que no pueden costear— sino que además arrastra medicamentos, traslados, tratamientos que se interrumpen. La pobreza alimentaria no es solo el punto de partida: es el multiplicador de todas las enfermedades que vienen después.
Trincheras de superviviencia
En ese contexto, hay espacios que sostienen lo que el mercado y la macroeconomía no pueden garantizar: el comedor escolar, la copa de leche y el comedor barrial. Los tres merecen ser nombrados con la importancia que tienen.
La escuela ocupa un lugar central en esta trama. No solo porque enseña, sino porque alimenta. La olla del comedor escolar es el único plato caliente del día para miles de chicos. La copa de leche es el desayuno y, a veces, la merienda. Para muchos chicos, la jornada escolar no es solo el lugar donde aprenden a leer: es el lugar donde comen. Eso no es un dato menor. Es la medida exacta de lo que está pasando.
Los comedores barriales completan esa red. Sostenidos en gran parte por la voluntad y el esfuerzo de vecinos y organizaciones comunitarias, son el último eslabón de contención para las familias que no llegan. Y ese eslabón se está tensando: la demanda crece, la ayuda disminuye, y quienes los sostienen hacen cada vez más con cada vez menos. Reducir días de servicio no es una decisión: es la consecuencia de un abandono.
La carne vacuna acumula un aumento del 68% en el último año, más del doble que la inflación general. En Rosario, el kilo promedio supera los $19.000. El consumo per cápita cayó a su nivel más bajo desde 2005: casi 15 kilos menos por persona al año que hace dos décadas. No es una elección de estilo de vida. Es la consecuencia directa de un precio que expulsó la proteína animal de la mesa de millones.
No mirar para otro lado
“La política no me interesa” es una frase que necesita una mutación urgente porque sin una intervención activa del Estado —eso que para este gobierno nacional parece ser una mala palabra— los primeros que la pagan son siempre los que menos tienen. Los comedores no se sostienen solos. Las escuelas no pueden ser el único sistema de salud nutricional de un país. La solidaridad comunitaria es admirable, pero no puede reemplazar lo que es una obligación del Estado.
Las efemérides como la del Día de la Nutrición (28 de mayo) deberían servir para esto: para preguntarnos cuántos argentinos comen y cuántos se alimentan. Para interpelar a quienes fijan tarifas o miden la pobreza con metodologías que subestiman lo que cuesta vivir. Para recordar que alimentar a un pueblo no es un gesto de generosidad: es una responsabilidad política.
Por suerte, Rosario sabe de esto. La solidaridad de esta ciudad siempre nos sostiene pero también son la evidencia más dolorosa de que no debería ser necesario.
Comer en la escuela, hoy es parte del sistema de salud. Garantizarlo es responsabilidad del Estado. Ignorar el hambre y castigar a los que menos tienen, es una decisión.


























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