La escena parecía salida de otra época. Bajo la lluvia, desde la madrugada y con termos, sillas y currículums en bolsas de nylon para que no se mojaran, más de 3.000 personas hicieron una fila interminable frente a un frigorífico de Moreno con la esperanza de conseguir uno de los apenas 60 puestos de trabajo disponibles
La cola llegó a superar las doce cuadras. Y la postal terminó convirtiéndose en una radiografía brutal de la Argentina actual. La convocatoria había sido lanzada por el frigorífico Don Theo para incorporar personal administrativo, choferes, cajeros, cocineros, carniceros, limpieza y logística en una nueva sucursal que abrirá en junio. Los salarios ofrecidos oscilaban entre uno y un millón y medio de pesos. Pero lo que impactó no fue solamente la cantidad de vacantes: fue el nivel de desesperación colectiva que apareció detrás de cada persona haciendo cola.
Había hombres y mujeres de todas las edades. Personas con experiencia, jóvenes sin empleo, trabajadores despedidos y adultos mayores buscando volver al mercado laboral. Muchos contaron que llevan meses —incluso años— entregando currículums sin recibir una sola llamada. “Estoy sin trabajo hace dos años”, relató una mujer de 44 años mientras esperaba bajo la lluvia. Otro hombre llegó llorando ante las cámaras después de haber perdido su empleo como chofer.
La imagen golpeó porque condensó en una sola escena varias crisis al mismo tiempo: caída del empleo formal, deterioro salarial, miedo social y derrumbe de expectativas. En la Argentina donde el Gobierno asegura que la economía se está “ordenando”, miles de personas pasaron horas esperando apenas la posibilidad de ser consideradas para un puesto de trabajo básico.
El dato más inquietante no es solamente que haya 3.000 postulantes para 60 empleos. El dato más inquietante es que la escena empieza a repetirse. Ya ocurrió en Mar del Plata, Burzaco y otros puntos del país donde convocatorias laborales relativamente pequeñas terminan desbordadas por multitudes.
En paralelo, el discurso oficial insiste con que el ajuste era necesario para estabilizar la economía y atraer inversiones. Pero mientras los indicadores financieros celebran desaceleración inflacionaria y superávit fiscal, en la calle aparece otra realidad: trabajadores que aceptan cualquier salario, personas con formación compitiendo por tareas precarias y miles de argentinos buscando desesperadamente ingresar al circuito formal antes de caer definitivamente en la marginalidad.
La escena de Moreno también dejó al descubierto otra transformación silenciosa del mercado laboral argentino: el empleo dejó de percibirse como un derecho o una expectativa razonable y empezó a convertirse en un privilegio escaso. Por eso la fila no era solamente una fila de desempleados. Era una fila de personas intentando no quedar afuera.
En redes sociales, la imagen generó discusiones feroces. Algunos usuarios la interpretaron como prueba de una crisis social profunda; otros intentaron relativizarla diciendo que “la gente quiere progresar” o que las largas colas son normales en búsquedas masivas. Pero incluso entre quienes defendían esa postura aparecía una certeza incómoda: conseguir trabajo formal se volvió extremadamente difícil.
El propio dueño del frigorífico reconoció que la situación lo sorprendió. “Las filas eran interminables”, admitió después de recibir casi el doble de postulantes que esperaban.
Sin embargo, detrás del impacto mediático hay algo todavía más profundo: el regreso de imágenes que Argentina creía haber dejado atrás. Filas eternas, currículums impresos, lluvia, hambre de estabilidad y miles de personas disputándose un puñado de empleos mientras la economía oficial habla de recuperación.
Porque cuando doce cuadras de personas pelean por 60 puestos de trabajo, la noticia ya no es el frigorífico. La noticia es el país.


























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