Bienvenidos a Todavía no es tarde

Priorizar las infancias, una tarea pendiente

Por Carolina De Paola

Esa mañana mis mates no tuvieron el mismo sabor de todos los días.
Me desvelé a las tres de la madrugada, con un nudo en el estómago y la piel cubierta de indignación y enojo.
Otra vez el adultocentrismo nefasto se cobraba los derechos de una infancia.
Una seguidilla de días con noticias de muertes, asesinatos, suicidios.
No había forma de volverme a dormir; estaba enojada, indignada, harta, impotente.
No entiendo ni quiero JAMÁS entender qué clase de mente puede tener un ser “humano” que desoye a una infancia.
No entiendo ni quiero JAMÁS entender a quien no se conmueve con la súplica y las lágrimas de una criatura que pide ayuda como puede.
No entiendo ni quiero JAMÁS entender a los adultos que anteponen su ego lleno de odio y asuntos no resueltos por sobre las necesidades y los derechos de las infancias.
Todos horrorizados. Horrorizados por el tiroteo. Horrorizados por el suicidio. Horrorizados por la violencia. Horrorizados, pero desligados de responsabilidad.
Y es que NADA, absolutamente NADA en la vida se puede ni se debe, en mi opinión, descontextualizar. Ni siquiera una simple elección diaria. Todo en contexto. Siempre.
Entonces, en un desesperado intento de buscar respuestas a hechos que no somos ni seremos capaces de dimensionar, aparecen respuestas aisladas: “Jugaba al GTA”. “La madre tenía problemas mentales”. “Los padres estaban divorciados”. “El padre tenía denuncias”. “La madre desapareció”. “La escuela y el jardín no se dieron cuenta a tiempo”. Suelto. Todo suelto. Un partido de tenis de culpas ajenas. Funcionarios, profesionales, periodistas. Todos jugando al detective. Y en el medio, vidas. Una tras otra. En el medio, cifras nunca antes vista de suicidios en Santa Fe. Y en el medio, todos nosotros, adultos, sin hacer un mea culpa de la responsabilidad COLECTIVA que tenemos sobre la violencia.
Porque seguramente ese señor que se horrorizó ante el tiroteo, fue el que te gritó en el semáforo porque se te apagó el auto y arrancaste siete segundos más tarde.
O quizás fue esa vecina que te cerró la puerta del ascensor en la cara cuando venías con los bolsos del súper.
Quizá fue ese mapadre que le tiró el pelo a una infancia porque no quiso terminar el plato de comida.
Quizás fue tu jefe que te amenazó con echarte por haber llegado un día tarde por un problema personal.
Quizás fue ese familiar que te ofendió con sus palabras disfrazadas de chistes.
Y así, podría seguir. Los ejemplos de violencia nos rodean segundo a segundo.
Basta con mirar. Pero mirar de verdad.
Sucede que para ver, hay que revolver. Meter las manos en el barro, indagar, reconocer, mejorar. Y no todos están dispuestos a tanto.
Sí, los seres humanos hacemos cosas maravillosas, como llegar a la Luna.
Pero también destruimos todo lo que tocamos: destruimos ecosistemas, vínculos, especies de animales, sueños de infancias, derechos, amistades.
Ningún caso de violencia puede aislarse y ser descontextualizado.
Cierto es también que el rol de las redes nos excede. Y eso algo que debemos aprender a gestionar, porque es la época que nos toca.
Esa mañana mis mates no tuvieron el mismo sabor de todos los días. Pero tuve que poner piloto automático y seguir. Seguir con la intención de ser un poco mejor, con mi firme convicción de que nunca nada ni nadie puede ni debe priorizarse frente a una infancia en desventaja.