Bienvenidos a Todavía no es tarde

La escuela cruje, pero sigue en pie

Por Lic. Beatriz Priotti

La escuela cruje. Y no empezó hoy. Hace tiempo que las señales están ahí, visibles para quien quiera verlas. Cuando los modelos educativos dejaron de acompañar el desarrollo social, cuando las alertas se encendieron frente a una escalada de violencia que atraviesa lo social y lo familiar, y que se profundiza en contextos de crisis económica, algo empezó a desajustarse. No de golpe, sino de manera persistente, silenciosa, acumulativa.

En ese escenario, la escuela quedó muchas veces sosteniendo más de lo que le corresponde. En tiempos donde madres y padres están absorbidos por la urgencia cotidiana, y donde docentes corren para cumplir con la currícula mientras multiplican horas y reemplazos para sostener sus propios hogares, la institución escolar sigue siendo un pilar. Pero también evidencia sus límites.

La escuela cruje y, aun así, resiste. Sigue siendo refugio, espacio de encuentro, de contención. Pero pide ayuda. Y ese pedido no siempre encuentra oídos atentos. ¿A quién le llega ese mensaje? ¿Cuántos lo escuchan? ¿De qué manera se responde? No hay respuestas simples.

El problema no es nuevo ni las soluciones son mágicas. Tampoco se resuelve con diagnósticos rápidos ni con intervenciones fragmentadas. Lo que está en juego es más profundo: se trata de comprender que las infancias y juventudes de hoy demandan otras respuestas, otros abordajes, otras herramientas.

Hace falta fortalecer redes de contención que excedan a la escuela pero que la incluyan como eje central. Hace falta invertir en equipos profesionales que puedan acompañar situaciones de aprendizaje complejas, que trabajen sobre la inclusión y la integración desde una mirada interdisciplinaria. Hace falta, también, reconocer que la tarea docente no puede abarcarlo todo, y que cuidar a quienes enseñan es parte esencial de cualquier solución.

Se trata de asumir responsabilidades compartidas. De entender que la escuela no puede sola, pero tampoco puede ser reemplazada. Que su potencia sigue intacta, aunque tensionada.

Cuidar la escuela es cuidar ese entramado invisible que sostiene a miles de niños, niñas y jóvenes todos los días. Es apostar a una presencia activa, a una inversión sostenida, a una mirada que no simplifique lo complejo.

Porque donde hay escuela, todavía hay posibilidad. Y también, una oportunidad de reconstruir, entre todos, lo que hoy cruje pero no se rompe.