Las principales automotrices de ambos países impulsan cambios en el acuerdo bilateral para limitar importaciones y proteger la industria local. Hablan de “competencia desigual” y advierten un escenario de riesgo
La industria automotriz de Argentina y Brasil encendió una señal de alarma y dio un paso conjunto: avanzar en un rediseño del acuerdo bilateral que regula el comercio del sector para frenar el crecimiento de las importaciones chinas.
El planteo surgió tras un encuentro entre las principales cámaras empresarias de ambos países —terminales y autopartistas—, que coincidieron en la necesidad de actualizar las reglas del juego antes de 2029, cuando vence el actual esquema comercial.
El diagnóstico es contundente: la competencia con China ya no es una amenaza futura, sino una presión concreta sobre la producción regional. Desde el sector hablan directamente de una “cuestión de supervivencia”.
Hoy, el acuerdo automotor dentro del Mercosur establece beneficios arancelarios para los vehículos producidos en la región, siempre que cumplan con un mínimo de integración local. Pero ese esquema empezó a mostrar límites frente a un nuevo escenario global, marcado por la irrupción de autos chinos —especialmente eléctricos— con precios más bajos y mayor escala productiva.
La diferencia es estructural: mientras Argentina y Brasil producen en conjunto alrededor de 3 millones de vehículos al año, China supera los 30 millones, lo que le permite competir con costos significativamente menores.
En este contexto, las automotrices proponen introducir cambios que apunten a una mayor “especialización productiva” entre ambos países y a fortalecer el desarrollo de autopartes de mayor valor agregado. La intención es cerrar grietas del sistema actual que facilitan el ingreso indirecto de vehículos extrazona.
El problema no es solo comercial, sino también tecnológico. La transición hacia autos eléctricos está siendo liderada por fabricantes chinos, que ganan terreno rápidamente en mercados clave como Brasil, principal destino de las exportaciones argentinas.
Ese dato es clave: el vínculo con Brasil es el corazón del modelo automotor argentino. Cualquier cambio en ese equilibrio —ya sea por importaciones o por nuevas reglas— impacta de lleno en la producción local, el empleo y las exportaciones.
Una disputa global que baja a la región
El conflicto excede ampliamente a Argentina y Brasil. Lo que está en juego es el reordenamiento de la industria automotriz a nivel mundial, con China como protagonista central.
El gigante asiático no solo domina en volumen, sino también en el segmento estratégico del futuro: los vehículos eléctricos. Con fuerte respaldo estatal, financiamiento y escala industrial, sus empresas lograron posicionarse como líderes globales en pocos años.
Frente a eso, los bloques regionales empiezan a reaccionar. Europa y Estados Unidos ya discuten medidas para limitar el ingreso de autos chinos, y ahora el Mercosur se enfrenta a un dilema similar: abrirse a la competencia o reforzar mecanismos de protección.
En ese tablero, la decisión no es solo económica. También es política: define qué tipo de industria quieren sostener los países y qué lugar ocupan en la nueva geografía global de la producción.
El movimiento conjunto entre Argentina y Brasil deja en claro que la discusión ya no pasa solo por aranceles o acuerdos técnicos. Es una pulseada por el futuro de una de las industrias más estratégicas de la región. Porque si el avance chino redefine las reglas del juego, la pregunta ya no es si habrá cambios, sino quién los va a imponer. Y en ese escenario, el riesgo no es solo perder mercado: es quedar afuera de la próxima generación de la industria automotriz.


























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