La candidata conservadora obtuvo una ventaja irreversible sobre el izquierdista Roberto Sánchez, aunque el resultado todavía debe ser oficializado y su rival mantiene denuncias de fraude
Keiko Fujimori quedó a las puertas de la Presidencia de Perú luego de que el escrutinio de la segunda vuelta confirmara una diferencia que ya no puede ser revertida. Con el 99,87% de las mesas contabilizadas, la candidata de Fuerza Popular reunía el 50,12% de los votos, frente al 49,88% de Roberto Sánchez: una distancia de poco más de 43 mil sufragios en una elección marcada por la extrema paridad y la polarización política.
La dirigente de derecha, hija del expresidente Alberto Fujimori, alcanzaría así el máximo cargo del país en su cuarto intento electoral, después de tres derrotas presidenciales. La proclamación formal todavía depende de la resolución de impugnaciones y de los pasos institucionales posteriores al conteo, pero el resultado consolidó una victoria que Fujimori ya presentó como irreversible.
Un resultado bajo disputa
Roberto Sánchez se negó a reconocer la derrota y denunció irregularidades, especialmente en torno al voto de los peruanos residentes en el exterior, sin presentar pruebas públicas que respaldaran esas acusaciones. El candidato de izquierda anticipó que sostendrá movilizaciones y una estrategia de resistencia política, en un escenario que vuelve a tensar la frágil institucionalidad peruana.
El voto exterior resultó decisivo para inclinar una contienda que durante días cambió de liderazgo y expuso una división territorial y social profunda: Fujimori logró mayor respaldo en sectores urbanos y entre los peruanos fuera del país, mientras Sánchez concentró apoyos en regiones rurales y empobrecidas.
El regreso del fujimorismo
La futura presidenta construyó su campaña alrededor de una agenda de seguridad, orden y endurecimiento frente al delito, con propuestas como patrullajes militares y medidas más severas para las personas detenidas. También prometió convocar a un gabinete técnico y trabajar por la unidad de un país que reconoció “partido en dos”.
Pero su llegada al poder reactiva el peso político y simbólico del fujimorismo. Alberto Fujimori es recordado por una parte de la sociedad peruana por el combate contra la insurgencia y la hiperinflación durante los años noventa, mientras que otros sectores lo asocian con prácticas autoritarias, corrupción y graves violaciones a los derechos humanos. Esa herencia, sumada a la resistencia antifujimorista y a la crisis de representación que atraviesa Perú, anticipa un gobierno con escaso margen para la estabilidad.

























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