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La Iglesia frenó el debate por los cuidacoches y reabrió la discusión sobre pobreza, extorsión y espacio público

El proyecto para prohibir completamente la actividad de los cuidacoches en Santa Fe quedó envuelto en una inesperada disputa política, social y moral luego de que la Iglesia católica saliera públicamente a rechazar la eliminación total de la actividad. La iniciativa, impulsada por el senador Ciro Seisas y ya aprobada en el Senado provincial, debía tratarse esta semana en Diputados, pero el debate finalmente se postergó tras la presión ejercida por el Arzobispado de Rosario y la Pastoral Social, que reclamaron “regular y acompañar” a quienes trabajan en la calle en lugar de criminalizarlos.

La posición de la Iglesia introdujo un elemento incómodo en una discusión que hasta ahora venía dominada por reclamos de seguridad y convivencia urbana. El arzobispo de Rosario, monseñor Eduardo Martín, sostuvo que muchos cuidacoches atraviesan situaciones extremas de vulnerabilidad y advirtió que prohibir la actividad sin alternativas laborales o sociales podría profundizar la exclusión. Desde la Pastoral Social incluso enviaron una carta formal a la Legislatura proponiendo un esquema de registro, regulación, políticas de inclusión y sanciones específicas para casos de amenazas o extorsión. “Penalizar estas prácticas puede implicar una forma de criminalización de la ayuda social”, plantearon.

El debate atraviesa además una problemática que en Rosario creció al ritmo de la crisis económica y el aumento de personas en situación de calle. El intendente Pablo Javkin reconoció meses atrás que en la ciudad hay más de 500 cuidacoches y definió el fenómeno como “una problemática compleja”, vinculada también a consumos problemáticos, informalidad y ausencia de políticas sociales sostenidas.

Del otro lado, sectores políticos y buena parte de los vecinos reclaman medidas más duras frente a situaciones de amenazas, aprietes y cobros compulsivos en eventos, zonas gastronómicas y espacios públicos. El proyecto provincial propone incorporar sanciones, trabajo comunitario e incluso arrestos para quienes ejerzan la actividad de manera ilegal o intimidatoria. Sus impulsores sostienen que el Estado debe recuperar control sobre la calle y terminar con prácticas que consideran extorsivas.

La discusión ya excede a los llamados “trapitos”. En el fondo, el conflicto revela una tensión cada vez más visible en las grandes ciudades argentinas: cómo abordar fenómenos de marginalidad creciente sin convertir automáticamente la pobreza en un problema policial. Y en una Rosario golpeada por la crisis social, el debate sobre los cuidacoches terminó convirtiéndose también en una discusión sobre el tipo de ciudad que se quiere construir.