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La Iglesia cierra la etapa de las concesiones y enfrenta una rebelión ultraconservadora

La decisión del Vaticano de oficializar la excomunión de los dirigentes de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) representa mucho más que una sanción disciplinaria. Con un decreto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el papa León XIV puso punto final a décadas de gestos de acercamiento hacia el principal movimiento ultraconservador del catolicismo y dejó en claro que la desobediencia abierta a la autoridad pontificia ya no tendrá margen para interpretaciones.

La medida llega apenas horas después de que la organización fundada por Marcel Lefebvre consagrara en la localidad suiza de Écône a cuatro nuevos obispos sin el mandato del Papa, un acto que el derecho canónico considera un cisma y que activa automáticamente la excomunión de quienes participan.

Más allá de la dimensión religiosa, el episodio refleja una tensión que atraviesa hoy a numerosas instituciones: el fortalecimiento de sectores que reivindican posiciones identitarias cada vez más rígidas, rechazan los procesos de apertura impulsados durante las últimas décadas y cuestionan la legitimidad de las autoridades cuando estas se apartan de su visión doctrinaria.

Un límite después de cuarenta años

El decreto firmado por el prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el cardenal argentino Víctor Manuel «Tucho» Fernández, confirmó la excomunión automática –latae sententiae– de los cuatro nuevos obispos: el suizo Pascal Schreiber, el estadounidense Michael Goldade y los franceses Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier.

La sanción también alcanza a quienes realizaron las ordenaciones –los obispos Alfonso de Galarreta y Bernard Fellay– por haber actuado «contra la voluntad del Sumo Pontífice».

Pero el documento fue todavía más lejos.

El Vaticano advirtió expresamente que los sacerdotes y fieles que adhieran formalmente al cisma de la Fraternidad San Pío X también podrán incurrir en la pena de excomunión, una aclaración que endurece notablemente la posición oficial y que pone fin a la ambigüedad que había caracterizado la relación entre Roma y los lefebvristas durante los últimos años.

La decisión constituye un cambio de rumbo respecto de la política seguida especialmente por Benedicto XVI, quien en 2009 había levantado las excomuniones dictadas en 1988 e intentó reconstruir puentes con el movimiento tradicionalista. Francisco mantuvo abiertos canales de diálogo e incluso otorgó algunas concesiones pastorales, como la posibilidad de administrar válidamente determinados sacramentos.

Ese período quedó oficialmente clausurado.

El conflicto que nunca terminó

La raíz del enfrentamiento se remonta al Concilio Vaticano II (1962-1965), el proceso que modernizó la Iglesia católica al impulsar el uso de las lenguas nacionales en la liturgia, promover una mayor participación de los laicos y abrir el diálogo con otras confesiones religiosas y con el mundo contemporáneo.

Marcel Lefebvre rechazó esas reformas desde el comienzo.

En 1970 fundó la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) para preservar la liturgia anterior al Concilio –la misa tridentina en latín, celebrada de espaldas a los fieles– y denunciar lo que consideraba una desviación doctrinal de Roma.

El conflicto alcanzó un punto crítico en 1988, cuando Lefebvre ordenó cuatro obispos sin autorización del papa Juan Pablo II, quien respondió declarando el acto como cismático y decretando la excomunión.

Treinta y ocho años después, la historia volvió a repetirse en el mismo lugar y con idéntico desenlace.

El último intento de León XIV

Antes de la ceremonia, León XIV buscó evitar la ruptura. En una carta enviada al superior general de la Fraternidad, Davide Pagliarani, el Pontífice apeló a una fórmula inusual por su tono personal: «Les suplico desde el fondo de mi corazón: reconsideren su decisión», escribió el Papa en un intento de impedir el «desgarro de la túnica de Cristo».

La exhortación fue ignorada.

La ceremonia se desarrolló durante cinco horas ante unas 15.000 personas y fue transmitida en directo por internet en seis idiomas, en una demostración de capacidad organizativa y de alcance internacional de un movimiento que, aunque minoritario, mantiene presencia en numerosos países.

Según datos de la propia Fraternidad, la organización cuenta con alrededor de 720 sacerdotes, seis obispos, más de 260 seminaristas y cerca de medio millón de fieles. Posee además un seminario en la localidad bonaerense de La Reja y comunidades activas en distintos países de América Latina.

Una advertencia también para los laicos

Uno de los aspectos más relevantes del decreto es que no se limita a sancionar a los obispos ordenados ilegalmente.

La nota explicativa difundida por el Dicasterio sostiene que los sacerdotes de la Fraternidad «están en cisma» y advierte que los fieles que adhieran formalmente al movimiento también deberán ser considerados cismáticos.

Asimismo, el Vaticano señaló que los ministros de la FSSPX administran ilícitamente los sacramentos y declaró inválidos tanto las confesiones como los matrimonios celebrados por ellos.

La decisión constituye el pronunciamiento más severo contra el movimiento desde 1988.

Sacerdotes participan en una procesión previa a la consagración cismática de obispos realizada por la tradicionalista Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) en Écône, en el oeste de Suiza

Una disputa que excede el derecho canónico

Aunque la Fraternidad representa una fracción muy pequeña frente a los más de 1.400 millones de católicos del mundo, la decisión tiene un peso simbólico considerable.

No solo porque pone fin al prolongado intento de reconciliación impulsado por cuatro pontificados consecutivos –Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y ahora León XIV– sino porque confirma que el conflicto ya no gira únicamente alrededor de cuestiones litúrgicas.

Lo que está en discusión es la aceptación misma del Concilio Vaticano II como punto de inflexión en la historia contemporánea de la Iglesia.

El secretario de Estado vaticano, cardenal Pietro Parolin, resumió esa idea con una frase que sintetiza el fondo del conflicto: «No se puede pensar que la historia de la Iglesia se detiene en un determinado punto, porque el Concilio Vaticano II es un hito que debe ser aceptado e implementado correctamente».

Aun así, Parolin evitó clausurar definitivamente la posibilidad de un entendimiento y expresó su deseo de que, pese a la ruptura, «pueda retomarse el diálogo».

La puerta permanece abierta. Pero el mensaje político y eclesial que envió León XIV es inequívoco: después de décadas de negociaciones, Roma decidió que preservar la unidad de la Iglesia exige también fijar un límite claro frente a quienes desconocen la autoridad del Papa y rechazan las reformas que redefinieron al catolicismo en la segunda mitad del siglo XX.