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Estados Unidos viene por la joya de la corona: peligra el desarrollo nuclear argentino

Durante décadas, la Argentina construyó en silencio uno de los sistemas científicos y tecnológicos más avanzados de América Latina. El desarrollo nuclear nacional no sólo permitió abastecer centrales propias y producir tecnología de punta, sino también exportar reactores, conocimiento y servicios a países desarrollados como Australia y Países Bajos a través de Invap, la empresa estatal nacida como un desprendimiento de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA).

Ese entramado —levantado durante más de 70 años por científicos, ingenieros y técnicos argentinos— hoy atraviesa uno de los momentos más críticos de su historia.

La reciente decisión de la CNEA de habilitar procedimientos para que empresas privadas nacionales y extranjeras accedan a información técnica, instalaciones y proyectos estratégicos profundizó las advertencias sobre una posible desnacionalización del sector nuclear. La medida se da en el marco de acuerdos de cooperación firmados entre Argentina y Estados Unidos vinculados a minerales críticos y cadenas globales de suministro.

El interés de Washington por el RA-10 y el uranio argentino

Entre los activos más codiciados aparece el reactor multipropósito RA-10, construido en el Centro Atómico Ezeiza. El proyecto, iniciado en 2016, está prácticamente terminado y tiene una enorme relevancia estratégica: permitirá producir radioisótopos para medicina nuclear, exportar insumos médicos y generar ingresos millonarios para el país.

También figura el CAREM, el primer reactor modular de potencia diseñado íntegramente en Argentina, cuyo desarrollo quedó paralizado cuando ya tenía un 70 % de avance.

A esto se suma el interés creciente por las reservas de uranio argentinas, estimadas en unas 40 mil toneladas y ubicadas principalmente en Chubut, Mendoza y Salta. Estados Unidos busca proveedores alternativos luego de restringir las importaciones de uranio ruso y ve en Argentina un actor estratégico dentro de su disputa geopolítica con China y Rusia por el control de recursos críticos.

La señal más explícita llegó meses atrás desde Washington. El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, afirmó públicamente que “Argentina es rica en uranio” y celebró la apertura a empresas privadas norteamericanas.

Un desarrollo autónomo que puso a Argentina entre las potencias nucleares

La preocupación excede la discusión económica. El núcleo del debate pasa por el riesgo de perder capacidades tecnológicas soberanas que colocaron a Argentina en un lugar excepcional dentro del mapa nuclear mundial.

A diferencia de otros países de la región, Argentina logró dominar áreas extremadamente sensibles del ciclo nuclear, desde el diseño de reactores hasta el enriquecimiento de uranio y la producción de radioisótopos.

Ese conocimiento permitió a Invap competir y ganar licitaciones internacionales frente a gigantes tecnológicos de Estados Unidos, Francia o Rusia. La empresa exportó reactores de investigación a Australia, Países Bajos, Egipto, Argelia y Arabia Saudita, entre otros destinos, algo impensado para una economía periférica.

El reactor OPAL construido para Australia suele citarse como uno de los grandes hitos de la ingeniería argentina: un reactor de investigación considerado entre los más modernos del mundo y desarrollado íntegramente con tecnología nacional.

Todo ese ecosistema científico surgió de la CNEA, fundada en 1950 y convertida durante décadas en uno de los motores de innovación tecnológica más importantes del país.

El freno al enriquecimiento de uranio y la pérdida de soberanía

Uno de los puntos que más alarma genera dentro del sector es la suspensión de los programas de enriquecimiento de uranio, considerados claves para mantener autonomía tecnológica y capacidad exportadora.

Argentina había logrado desarrollar tecnologías complejas en la planta de Pilcaniyeu y avanzaba además en sistemas más sofisticados, como enriquecimiento por ultracentrífugas y separación láser, un proyecto de vanguardia impulsado por especialistas de la CNEA e Invap.

El dominio del enriquecimiento de uranio es una capacidad que poseen muy pocos países en el mundo. No sólo permite abastecer reactores propios, sino también garantizar independencia tecnológica y posicionarse como exportador confiable de tecnología nuclear.

Sin ese control del ciclo de combustible, el país queda obligado a importar insumos estratégicos y pierde competitividad internacional.

Especialistas del sector advierten que el congelamiento de esos programas implica años de investigación desperdiciados, además de una pérdida de capacidades difíciles de reconstruir.

Ajuste, fuga de científicos y deterioro institucional

El conflicto también se desarrolla puertas adentro de los organismos nucleares. Trabajadores e investigadores denuncian recortes presupuestarios, deterioro salarial y una creciente fuga de profesionales altamente calificados hacia el exterior o el sector privado.

En paralelo, cuestionan designaciones políticas sin experiencia específica en áreas técnicas sensibles y alertan sobre un progresivo vaciamiento institucional.

La situación remite inevitablemente a los años noventa, cuando gran parte del plan nuclear argentino fue frenado bajo la lógica de que resultaba “más barato importar” tecnología extranjera.

La diferencia es que esta vez el contexto internacional volvió a colocar a la energía nuclear y al uranio en el centro de la disputa global por recursos estratégicos, inteligencia artificial y transición energética.

Una disputa que excede lo económico

Detrás de la apertura del sector nuclear argentino aparece una discusión mucho más profunda: si el país conservará el control sobre uno de los pocos desarrollos tecnológicos de escala mundial que logró construir de manera autónoma.

Los críticos de la política oficial sostienen que el riesgo no es sólo económico, sino geopolítico. Temen que Argentina deje de ser un productor de tecnología nuclear avanzada para convertirse apenas en proveedor de uranio y comprador de tecnología extranjera.

En otras palabras: pasar de exportar conocimiento a exportar materia prima. Y perder, en el camino, una de las joyas tecnológicas más sofisticadas que supo construir el Estado argentino.