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Nuestros héroes caídos en Malvinas se revuelcan en sus sepulturas

En una escena cuidadosamente producida y difundida en redes oficiales con estética cinematográfica, el presidente Javier Milei recorrió el portaaviones nuclear estadounidense USS Nimitz, en el marco de los ejercicios militares Passex 2026. Acompañado por su hermana Karina, funcionarios del área de Defensa y el embajador norteamericano, el mandatario presenció maniobras aéreas y navales que incluyeron cazas F/A-18 y helicópteros de combate, en aguas del Atlántico Sur.

La postal, presentada como un gesto de cooperación y modernización militar, abre sin embargo una lectura más profunda y controvertida: la presencia de una de las principales plataformas de guerra de Estados Unidos en una región atravesada por la memoria de la Guerra de Malvinas. En 1982, Washington no fue un actor neutral. Por el contrario, brindó apoyo logístico, de inteligencia y diplomático al Reino Unido, inclinando la balanza en favor de Londres frente a la Argentina.

Ese antecedente histórico dota de una carga simbólica difícil de ignorar a la imagen de un presidente argentino celebrando ejercicios conjuntos con la misma potencia que respaldó a Gran Bretaña en el conflicto. Más aún cuando el despliegue se realiza en el mismo océano donde murieron 649 argentinos defendiendo la soberanía nacional.

En ese mismo contexto, la presencia en el país del contraalmirante Mark A. Schafer, jefe del Comando de Operaciones Especiales Sur, refuerza la dimensión política y estratégica del acercamiento. Su visita, en paralelo al arribo del USS Nimitz y a las maniobras conjuntas, fue leída como un nuevo paso en la profundización del vínculo militar con Washington, bajo la órbita del Comando Sur de Estados Unidos, organismo clave en la proyección de poder norteamericana en América Latina.

El Gobierno justificó la actividad como parte de una estrategia de “fortalecimiento de la interoperabilidad” y de consolidación de vínculos con Estados Unidos. Sin embargo, el avance de esta agenda no estuvo exento de controversias institucionales. La autorización para el ingreso de tropas y medios militares estadounidenses a territorio y aguas jurisdiccionales argentinas se concretó a través del Decreto 264/2026, firmado por el propio Milei, pese a que la Constitución establece que esa atribución corresponde al Congreso de la Nación.

Desde la Casa Rosada argumentaron que el proyecto había sido enviado al Parlamento sin obtener tratamiento, lo que habilitó —según su interpretación— la decisión por vía ejecutiva. La explicación, lejos de cerrar el debate, sumó críticas por eludir los mecanismos de control democrático en un tema de alta sensibilidad como la presencia de fuerzas extranjeras.

En paralelo, la visita se inscribe en un proceso más amplio de alineamiento estratégico con Washington, que incluye la llegada de altos mandos del Comando Sur y el desarrollo de ejercicios combinados en distintas bases del país. Para la administración Milei, se trata de un paso hacia una inserción internacional más definida; para sus detractores, implica una cesión de autonomía en materia de defensa.

La imagen del mandatario argentino sobre la cubierta del USS Nimitz, mientras despegan aviones de combate en el Atlántico Sur, condensa así una tensión que excede lo coyuntural. Entre la cooperación militar y la memoria histórica, entre la estrategia geopolítica y las heridas aún abiertas de Malvinas, la escena interpela no sólo al presente, sino también al modo en que la Argentina decide pararse frente a su propio pasado.