Santa Fe concentra casi el 35% de los tambos activos del país, pero en apenas un año cerraron 290 establecimientos. El desafío es sostener a los pequeños productores en una actividad cada vez más concentrada
La producción láctea santafesina atraviesa una paradoja que expone uno de los principales desafíos del sector agropecuario: se produce más leche, pero cada vez hay menos tambos. Santa Fe mantiene su liderazgo nacional, con el 34,8% de los establecimientos lecheros activos y el 31,1% del rodeo bovino destinado a esta actividad, pero en apenas un año dejaron de funcionar 290 tambos.
El fenómeno refleja una transformación profunda de la estructura productiva. El aumento de la productividad permite sostener e incluso incrementar el volumen de leche obtenido, pero ese crecimiento convive con la desaparición de establecimientos, especialmente los de menor escala, que encuentran cada vez más dificultades para afrontar costos, inversiones y las exigencias de un mercado altamente competitivo.
Más leche con menos productores
La provincia continúa siendo uno de los principales motores de la cadena láctea argentina. La concentración de tambos y de animales destinados a la producción convierte a la actividad en una pieza central de la economía agropecuaria santafesina y en una fuente de empleo y movimiento económico para numerosas localidades del interior.
Sin embargo, el retroceso en la cantidad de establecimientos modifica progresivamente ese mapa productivo. La salida de pequeños productores no necesariamente implica una caída inmediata de la producción total: los tambos que permanecen activos pueden incrementar su escala, incorporar tecnología y mejorar los niveles de productividad.
El problema aparece entonces en otro lugar. El crecimiento de la producción no garantiza por sí mismo la supervivencia de la diversidad productiva ni el arraigo rural.
Cuando un tambo pequeño deja de funcionar, no desaparece solamente una unidad económica. También se reduce la actividad de contratistas, transportistas, proveedores de alimentos para el ganado, talleres, comercios y otros servicios vinculados a las comunidades rurales.
El costo de sostener un tambo
La actividad lechera tiene una particularidad que la diferencia de otras producciones agropecuarias: exige continuidad durante todo el año. Las vacas deben ser alimentadas y ordeñadas diariamente, independientemente de la evolución de los precios, las condiciones climáticas o los costos de producción.
Esa característica coloca a los establecimientos de menor escala en una posición especialmente vulnerable. Los costos de alimentación, energía, mano de obra, mantenimiento e infraestructura tienen un peso considerable y, al mismo tiempo, las posibilidades de distribuir esos gastos entre mayores volúmenes de producción son limitadas.
La incorporación de tecnología puede mejorar la productividad, pero requiere capital. Y allí aparece una de las principales brechas entre los establecimientos de mayor escala y los pequeños productores.
Una concentración que cambia el mapa rural
El cierre de 290 tambos en un solo año profundiza una tendencia de concentración que viene transformando a la actividad lechera. Los establecimientos que continúan pueden aumentar su producción y ocupar parte del espacio dejado por los que salen del mercado.
Desde una perspectiva estrictamente productiva, ese proceso puede traducirse en mayor eficiencia. Pero desde el punto de vista territorial y social, plantea un interrogante mucho más complejo: qué tipo de estructura productiva quiere sostener Santa Fe en las próximas décadas.
La provincia no sólo necesita mantener su lugar como principal productora de leche. También enfrenta el desafío de evitar que ese liderazgo quede cada vez más concentrado en establecimientos de gran escala.
El debate, por lo tanto, no pasa únicamente por producir más. También por definir quiénes podrán seguir produciendo.
El arraigo como parte de la ecuación
Los tambos pequeños tienen una relación directa con el arraigo de las familias en las localidades rurales. Su desaparición puede acelerar procesos de concentración de la tierra y pérdida de población en zonas donde la actividad agropecuaria constituye uno de los principales motores económicos.
Por eso, la discusión sobre la lechería santafesina excede ampliamente al precio que recibe el productor por cada litro. También involucra financiamiento, acceso a tecnología, infraestructura, caminos rurales, costos energéticos, condiciones comerciales y mecanismos que permitan atravesar períodos de baja rentabilidad sin abandonar la actividad.
El desafío es particularmente relevante para Santa Fe porque la provincia concentra una porción decisiva de la estructura lechera nacional. Lo que suceda con sus tambos tendrá impacto no sólo en las economías regionales, sino también en el futuro de la cadena láctea argentina.
El desafío que viene
La paradoja de una provincia que produce más leche mientras pierde tambos obliga a mirar más allá de las estadísticas de producción. Una mayor productividad puede ser una fortaleza, pero si se consigue a costa de la desaparición sistemática de los pequeños establecimientos también puede convertirse en una señal de concentración creciente.
Santa Fe conserva una posición privilegiada dentro de la lechería argentina. El desafío ahora es transformar esa fortaleza productiva en una estructura sostenible en el tiempo, capaz de incorporar tecnología y mejorar su eficiencia sin expulsar a quienes históricamente sostuvieron la actividad.
Porque detrás de cada tambo que cierra no hay solamente una cifra que desaparece de una estadística. Hay una familia, una fuente de trabajo y una comunidad rural que pierde parte de su actividad económica. Y esa es la otra cara de una lechería que, paradójicamente, produce más mientras tiene cada vez menos productores.

























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