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Cuando vender ya no alcanza el comercio de cercanía empieza a bajar persianas

La crisis del consumo empieza a dejar una huella cada vez más visible en la vida comercial de la ciudad. En la última semana, al menos cuatro comercios de cercanía con años de trayectoria dejaron de funcionar, una señal que los almaceneros vinculan con una combinación difícil de revertir: menor cantidad de clientes, gastos fijos en aumento y una estructura de costos que ya no encuentra respaldo suficiente en las ventas.

Los casos se distribuyeron entre distintas zonas y tienen un elemento en común: se trata de establecimientos de una dimensión mayor al promedio de los pequeños comercios barriales, con entre cuatro y diez trabajadores registrados. En esos negocios, el alquiler, la energía eléctrica y las cargas laborales adquieren un peso que puede resultar determinante cuando la facturación pierde volumen.

Desde el Centro Unión Almaceneros señalaron que algunos de esos locales tenían décadas de historia e incluso habían pasado de una generación a otra. El cierre, por lo tanto, no representa solamente la desaparición de un punto de venta: también implica puestos de trabajo que se pierden y modifica la dinámica comercial de los barrios.

Una cuenta que dejó de cerrar

Uno de los ejemplos más contundentes aparece en la factura de electricidad. Para un local de unos 50 metros cuadrados, desde el sector estimaron un costo mensual que puede ubicarse entre $900.000 y $1 millón, con una presión adicional durante los meses de mayor consumo energético.

A ese gasto se suman alquileres, salarios, cargas sociales, impuestos y reposición de mercadería. El problema aparece cuando todos esos compromisos deben afrontarse con una demanda que ya no tiene la misma capacidad de compra.

La transformación también se observa en los hábitos de los consumidores. Los comercios de cercanía conservan una ventaja frente a las grandes superficies porque permiten realizar compras pequeñas y frecuentes, pero eso no significa que hayan quedado al margen de la crisis. Según el sector, los clientes dejaron de hacer compras mensuales, semanales o quincenales y optan por adquirir únicamente lo indispensable para el día. La torta del consumo, sin embargo, se redujo.

Ese cambio explica una paradoja: puede aumentar la frecuencia con la que un consumidor entra a un almacén y, al mismo tiempo, caer el volumen total que gasta.

El empleo también termina llegando al mostrador

El diagnóstico empresarial amplía la mirada y conecta la situación comercial con el mercado laboral. El presidente de CAME, Ricardo Diab, advirtió que la pérdida de puestos de trabajo en la industria repercute directamente sobre el comercio porque cada trabajador que deja de percibir un salario también se convierte en un consumidor menos.

El mecanismo funciona en cadena. Una fábrica reduce su actividad o su personal; cae el ingreso disponible de los hogares; disminuyen las compras; los comercios venden menos y empiezan a recortar gastos. Si la situación se prolonga, algunos negocios dejan de ser sostenibles y aparecen nuevos cierres. Con menos comercios y menos trabajadores, el circuito vuelve a achicarse.

Para las pymes, además, la falta de demanda convive con dificultades para acceder al financiamiento y con una presión impositiva que, según CAME, agrega otra capa de complejidad. La entidad también señaló el avance de la mercadería de contrabando como un factor de competencia para quienes trabajan dentro del circuito formal.

Un deterioro que viene acumulando señales

Los cierres recientes no aparecen aislados. Durante 2026 distintos relevamientos vienen mostrando una evolución débil del comercio minorista. El informe de CAME correspondiente a agosto registró una caída interanual del 0,2% en las ventas de las pymes y un retroceso acumulado del 2,4% durante los primeros ocho meses del año. Entre los factores señalados aparecen la pérdida de poder adquisitivo, el peso de los servicios y el endeudamiento de los hogares.

En el plano local, un relevamiento realizado durante marzo ya había registrado una caída interanual del 6,5% en las ventas del comercio pyme y un aumento de la fragilidad financiera de los negocios.

La acumulación de estos datos permite entender por qué los cierres actuales generan preocupación: no se trata solamente de una mala semana para determinados rubros, sino de una actividad que lleva meses enfrentando dificultades para recuperar volumen.

Para los comerciantes, el desafío inmediato es sobrevivir con una estructura de costos que no se achica al mismo ritmo que las ventas. Para la ciudad, el problema tiene una dimensión mayor: cada persiana que baja implica menos actividad, menos empleo y menos circulación económica en el barrio.

Y allí aparece el verdadero efecto dominó. La caída del consumo no termina en la caja del comercio. Cuando se prolonga, comienza a afectar a quienes producen, a quienes trabajan y a quienes venden. El círculo se cierra justamente donde había comenzado: con menos ingresos disponibles y todavía menos capacidad para consumir.