El dólar apreciado y la apertura comercial dispararon un récord de compras de carne vacuna, porcina y aviar. Al mismo tiempo, la pérdida del poder adquisitivo modifica la mesa de los argentinos: cae el consumo de carne vacuna y avanzan el pollo y el cerdo por una cuestión de precio
La postal resume una de las principales contradicciones del actual modelo económico. En un país que hizo de la carne vacuna un símbolo de identidad y uno de sus principales productos de exportación, las importaciones de carnes alcanzaron en mayo un máximo histórico, mientras los hogares reducen el consumo de asado y reemplazan cada vez más ese alimento por pollo y cerdo para poder sostener el presupuesto familiar. El fenómeno combina dos procesos que avanzan en paralelo: la política de apertura comercial impulsada por el Gobierno de Javier Milei –favorecida por un tipo de cambio apreciado– y el deterioro del poder de compra de los salarios, que obliga a modificar los hábitos de consumo.
Durante mayo ingresaron al país unas 15.000 toneladas de carne vacuna, aviar y porcina, más de trece veces el volumen registrado apenas dos años atrás. En términos económicos, esas compras representaron alrededor de 54 millones de dólares.
El dólar barato también llega a la carnicería
La apreciación del peso frente al dólar convirtió a la carne importada en una alternativa cada vez más conveniente para frigoríficos, industrias alimenticias y grandes cadenas comerciales.
Especialistas del sector coinciden en que el esquema cambiario permite utilizar las importaciones como una herramienta para contener los precios internos y, al mismo tiempo, sostener el proceso de desaceleración de la inflación.
El resultado es una creciente presencia de productos provenientes principalmente de Brasil, que se convirtió en el gran proveedor de carne vacuna, aviar y porcina para el mercado argentino.
Mientras tanto, las exportaciones argentinas de carne vacuna continúan creciendo. En mayo alcanzaron 58.600 toneladas y generaron más de 425 millones de dólares, consolidando un escenario en el que buena parte de la producción de mayor valor se destina al exterior, mientras determinados segmentos del mercado interno comienzan a abastecerse con carne importada.

Un cambio obligado en la mesa de los argentinos
La transformación más profunda, sin embargo, ocurre en el consumo. Durante décadas, la carne vacuna fue el alimento central de la dieta argentina. Hoy esa realidad comenzó a modificarse por una razón mucho más económica que cultural.
Según datos de la Bolsa de Comercio de Rosario, el consumo anual de pollo ya alcanza los 47 kilos por habitante, prácticamente el mismo nivel que registra la carne vacuna, cuyo consumo permanece en los valores más bajos de las últimas dos décadas.
El cerdo también gana terreno. Con más de 19,5 kilos por persona al año, alcanzó un nuevo récord histórico impulsado por una diferencia de precios cada vez mayor respecto de la carne bovina.
La explicación aparece en el mostrador de cualquier carnicería: actualmente un kilo de asado cuesta lo mismo que casi cuatro kilos de pollo fresco o dos kilos de pechito de cerdo.
La consecuencia es un proceso de sustitución que ya forma parte de las decisiones cotidianas de millones de hogares.
Importar para contener precios
Dentro del sector frigorífico, el impacto de las importaciones varía según la actividad. En la carne vacuna, gran parte de los cortes importados se destinan a la elaboración de hamburguesas, embutidos y otros productos industrializados, mientras los cortes de mayor valor continúan orientándose a la exportación.
En la cadena avícola, el ingreso récord de pechugas provenientes de Brasil todavía representa una proporción reducida respecto de la producción nacional, aunque los frigoríficos observan con preocupación la creciente competencia externa.
La mayor inquietud se concentra en el sector porcino. Productores denuncian que el ingreso de carne brasileña, favorecida por menores costos y un tipo de cambio más competitivo, establece un techo para los precios internos en momentos en que aumentan los costos de producción. A ello suman cuestionamientos por las diferencias regulatorias entre ambos países, ya que Brasil autoriza el uso de ractopamina —prohibida en Argentina— como promotor de crecimiento animal.
La paradoja del modelo
Los datos muestran una economía que cambia incluso algunos de sus rasgos más tradicionales. Argentina sigue siendo uno de los mayores consumidores de proteínas animales del mundo, con casi 114 kilos anuales por habitante entre carne vacuna, pollo y cerdo, sólo detrás de Estados Unidos. Pero esa cifra esconde una transformación profunda: el consumo total se mantiene relativamente estable porque el pollo y el cerdo ocupan el espacio que la carne vacuna pierde año tras año.
En otras palabras, el problema ya no pasa por cuánto comen los argentinos, sino por qué pueden comer. Mientras la apertura importadora gana terreno para moderar los precios internos y sostener el proceso desinflacionario, la mesa cotidiana refleja el impacto de una economía en la que el asado dejó de ser el protagonista y pasó a convertirse, para muchos hogares, en un consumo cada vez más excepcional.

























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