Bienvenidos a Todavía no es tarde

Brasil entra en la recta final con Lula obligado a reconstruir una mayoría

La primera vuelta de las elecciones brasileñas dejó un resultado que combina cercanía numérica y una señal política mucho más amplia. Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, quedó primero con algo más de 56 millones de votos, mientras Luiz Inácio Lula da Silva alcanzó casi 54 millones. Ninguno superó la mitad de los votos válidos y ambos volverán a enfrentarse el 25 de octubre.

La diferencia de menos de dos puntos porcentuales no alcanza, por sí sola, para anticipar el desenlace. Pero sí permite identificar el problema que tendrá Lula durante las próximas tres semanas: ya no se trata de sostener la elección que tenía prevista, sino de construir una mayoría nueva a partir de un resultado en el que su adversario consiguió instalarse por delante.

El dato que incomoda al oficialismo

Uno de los elementos más significativos aparece cuando se compara la votación de Lula con la elección anterior. El presidente perdió participación en 25 de los 27 estados respecto de la primera vuelta de 2022 y pasó de 57,2 millones de votos entonces a unos 53,8 millones ahora. Las mayores pérdidas porcentuales se concentraron en estados del centro, sur y sudeste del país, mientras el Nordeste continuó siendo su principal bastión electoral.

Eso permite entender por qué el resultado puede leerse como algo más que una carrera pareja entre dos candidatos. Lula conserva una enorme base electoral, pero su coalición territorial se debilitó. Y la derecha no solamente consiguió que Flávio Bolsonaro llegara primero: también amplió su representación política en otros niveles del Estado. Según el análisis de los resultados, la derecha obtuvo una posición dominante en el Senado y ganó buena parte de las gobernaciones que estaban en juego.

El fenómeno tampoco puede explicarse únicamente como una adhesión automática al apellido Bolsonaro. Analistas citados por medios brasileños interpretan que una parte importante del resultado expresa rechazo a la gestión de Lula, al desgaste de años de predominio del PT y a determinadas posiciones del oficialismo frente a instituciones como el Supremo Tribunal Federal. En otras palabras, el voto opositor reúne adhesiones al proyecto de derecha pero también votos de castigo.

Un balotaje que empieza con la aritmética en contra

La segunda vuelta modifica completamente las reglas de la disputa. Los votos de los candidatos que quedaron fuera ya no se distribuyen automáticamente, y ambos aspirantes deberán intentar atraer a electores que en la primera vuelta eligieron otras alternativas.

Ahí aparece una de las dificultades mayores para Lula. El presidente necesita ampliar considerablemente su caudal para superar a Flávio, mientras que el candidato del Partido Liberal llega con una ventaja inicial y con buena parte del electorado opositor ubicado ideológicamente más cerca de su espacio. La derecha, además, obtuvo resultados importantes fuera de la carrera presidencial, lo que le proporciona una estructura territorial que puede resultar decisiva en la campaña final.

Pero reducir el balotaje a una simple cuestión matemática también sería un error. La segunda vuelta será una elección nueva, en la que cambiarán los incentivos de los candidatos, los acuerdos entre fuerzas políticas y el comportamiento de quienes se abstuvieron o votaron en blanco o nulo. La abstención llegó al 21,08%, más de 33 millones de electores, mientras hubo además millones de votos blancos y nulos. Ese universo constituye una de las principales incógnitas de las próximas semanas.

La pelea también se juega fuera de Brasil

Lo que ocurra el 25 de octubre tendrá consecuencias que exceden la política interna. Brasil es la mayor economía de América Latina y una de las principales potencias del Sur Global, por lo que un cambio de orientación en Brasil puede modificar los equilibrios regionales y la relación del país con Estados Unidos, China y sus vecinos. El escenario internacional también observa qué lugar ocupará Brasil en los organismos multilaterales y en la agenda latinoamericana.

Para la Argentina, además, la elección brasileña tiene una importancia particular. Brasil es su principal socio comercial y una pieza central del Mercosur. Un eventual cambio de signo político en Brasil podría abrir nuevas discusiones sobre comercio, integración regional, política exterior y la relación del bloque con otras potencias.

En ese sentido, el resultado de la primera vuelta deja una paradoja. Lula consiguió mantenerse en carrera con un caudal electoral enorme, pero llegó segundo y perdió terreno respecto de 2022. Flávio Bolsonaro, en cambio, convirtió al apellido que parecía políticamente condicionado por el legado de su padre en una plataforma competitiva para recuperar el poder nacional.

El 25 de octubre no estará en juego solamente quién ocupará el Palacio del Planalto. También se definirá si Brasil profundiza el giro hacia una derecha que ya ganó terreno en buena parte de sus instituciones o si Lula consigue reconstruir una mayoría capaz de contener ese avance. La primera vuelta dejó una certeza y varias preguntas: la disputa está abierta, pero el mapa político brasileño ya cambió.