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Irak queda sin tropas estadounidenses y abre una nueva disputa por el equilibrio regional

La retirada estadounidense de Irak quedó completada este miércoles, con la salida de los últimos efectivos de una misión que había sido acordada en 2024 entre Washington y Bagdad. Con este movimiento termina la Operación Resolución Inherente en territorio iraquí y se cierra una etapa que comenzó con la invasión de 2003, cuando las fuerzas lideradas por Estados Unidos derrocaron a Saddam Hussein.

El recorrido estuvo lejos de ser lineal. Estados Unidos retiró sus tropas en 2011, pero regresó tres años después a pedido del gobierno iraquí, cuando el Estado Islámico había conquistado amplias zonas del país. Desde entonces, la misión fue cambiando: de las operaciones de combate pasó progresivamente al entrenamiento, el asesoramiento y el intercambio de inteligencia con las fuerzas locales.

La dimensión del cambio se entiende mejor al mirar hacia atrás. En el momento de mayor intensidad de la guerra de Irak, en 2007, Estados Unidos llegó a tener más de 170.000 militares desplegados. Antes del acuerdo de retirada, esa presencia ya se había reducido a unos pocos miles y finalmente quedó concentrada en la región del Kurdistán iraquí.

El problema que queda después de la retirada

Para Washington, el argumento central es que la misión contra el Estado Islámico cumplió su objetivo y que Irak está en condiciones de asumir directamente la responsabilidad sobre su seguridad. El mando estadounidense definió el repliegue como una transición desde una misión de coalición en tiempos de guerra hacia un esquema de seguridad conducido por los propios iraquíes.

Pero el final de la presencia militar no significa el final de la influencia estadounidense. Irak continúa dependiendo de Washington en áreas como armamento, capacitación, inteligencia y vínculos diplomáticos. Además, la embajada estadounidense en Bagdad y el consulado en Erbil mantienen una presencia relevante, aunque la protección y seguridad de esas instalaciones adquieren ahora una importancia diferente.

La incógnita mayor aparece en el frente interno. Irak cuenta con fuerzas de seguridad mucho más desarrolladas que hace una década, pero todavía convive con grupos armados que poseen peso político, militar y económico. Entre ellos se encuentran milicias chiitas vinculadas a Irán, cuya relación con el Estado iraquí constituye uno de los principales desafíos para la consolidación de una autoridad central.

El primer ministro iraquí buscó avanzar hacia una subordinación plena de esas fuerzas al Estado, pero algunas milicias pretenden extender los plazos para entregar sus armas. Ese conflicto puede convertirse en una de las principales pruebas políticas de la nueva etapa.

Irán gana margen, pero también aparecen riesgos

La retirada modifica además el equilibrio entre Washington y Teherán dentro de Irak. La salida fue celebrada por Irán y por sectores aliados, que durante años cuestionaron la presencia militar estadounidense y la consideraron una afectación de la soberanía iraquí.

Eso no implica, sin embargo, que el escenario quede automáticamente bajo control iraní. Irak conserva instituciones propias, fuerzas de seguridad nacionales y una compleja estructura política en la que conviven partidos, comunidades religiosas y grupos armados con intereses diferentes.

El otro interrogante es el Estado Islámico. Aunque ya no controla territorios como en 2014, mantiene células y capacidad para realizar ataques. Algunos especialistas consultados por la BBC advierten que un deterioro político o una nueva fractura entre comunidades podría generar condiciones para su reorganización. Otros consideran que las fuerzas iraquíes están actualmente mejor preparadas para contener esa amenaza que en el momento de su espectacular expansión.

La salida también tiene una dimensión regional. El cuartel general de la operación internacional contra el Estado Islámico será trasladado a Jordania, lo que muestra que Washington no abandona completamente su estrategia antiterrorista en Medio Oriente, sino que modifica su despliegue y reduce la exposición directa de sus tropas en Irak.

Más de veinte años después de la invasión que derribó a Saddam Hussein, Estados Unidos vuelve a dejar Irak. La diferencia es que esta vez la retirada ocurre con un Estado iraquí que dispone de fuerzas de seguridad propias y una estructura política consolidada, pero también con un equilibrio interno todavía frágil y una disputa regional en la que Irán conserva una fuerte capacidad de influencia. El final de la presencia militar estadounidense cierra un capítulo histórico, pero deja abierto otro: el de quién ocupará el espacio político y estratégico que Washington abandona.