Tras 286 días de despliegue, el portaaviones nuclear USS Abraham Lincoln desembarcó a unos 5.000 marinos e infantes de Marina en las cercanías de Pattaya, Tailandia, célebre por su vida nocturna y su histórica vinculación con el turismo sexual. El descanso, de cinco días, llega después de meses marcados por denuncias de agotamiento extremo por lo prolongado de la misión, problemas de infraestructura, falta de suministros y preocupación por la salud mental de la tripulación
El USS Abraham Lincoln llegó este miércoles al puerto de Laem Chabang, en la provincia tailandesa de Chonburi, después de uno de los despliegues más prolongados de los últimos años para un portaaviones estadounidense. A bordo viajan cerca de 5.000 marinos e infantes de Marina, que tendrán cinco días de descanso antes de que el buque emprenda el regreso hacia Estados Unidos.
La travesía había comenzado en California en noviembre de 2025. El plan original contemplaba una misión de aproximadamente seis meses en el Pacífico y el mar de China Meridional, pero el escenario bélico en Medio Oriente modificó por completo el itinerario.
El portaaviones fue enviado hacia el Golfo en el marco de las operaciones militares de Estados Unidos e Israel contra Irán y permaneció desplegado durante meses, hasta ser relevado recientemente por el USS George Washington. En total, acumuló 286 días de misión.
Para una tripulación que pasó prácticamente nueve meses en alta mar, la llegada a tierra firme supone algo bastante más elemental que unas vacaciones: volver a dormir, comer, descansar y caminar fuera de un buque de guerra.
El descanso que llega después del agotamiento
La escala se produce además después de que medios estadounidenses y legisladores expresaran preocupación por las condiciones en las que permaneció la tripulación.
Durante el extenso despliegue se denunciaron problemas de abastecimiento, escasez de algunos productos básicos, dificultades en las instalaciones sanitarias, fallas en la lavandería, falta de agua caliente y períodos prolongados sin alimentos frescos. También fueron reportados niveles elevados de cansancio y estrés psicológico.
Uno de los aspectos más delicados fueron las informaciones sobre posibles intentos de suicidio mediante saltos por la borda. La prensa especializada estadounidense informó que algunos familiares de tripulantes habían señalado que varios militares habían considerado esa posibilidad.
La Marina reconoció que las condiciones de trabajo habían sido particularmente duras, aunque negó haber detectado un incremento de pensamientos o intentos suicidas a bordo y sostuvo que la tripulación disponía del apoyo necesario.
Las autoridades también aseguraron que el buque mantenía acceso a agua potable, aire acondicionado y opciones de alimentación adecuadas. Pero las denuncias habían alcanzado tal magnitud que legisladores demócratas reclamaron explicaciones al Pentágono y pidieron incluso autorización para realizar una inspección del portaaviones.
El antecedente no es menor. Un estudio publicado en enero de 2025, basado en 956 marineros, había encontrado que el personal destinado en buques de la Armada estadounidense presentaba los mayores niveles de «angustia psicológica grave» entre las distintas ramas de las Fuerzas Armadas. Entre los factores señalados figuraban las condiciones de habitabilidad, el ruido constante y los exigentes horarios, que reducen las posibilidades de dormir y recuperarse adecuadamente.
En otras palabras, los casi 5.000 hombres que ahora desembarcan en Pattaya no llegan precisamente después de un crucero de placer.

Bienvenidos a Pattaya, pero con algunas restricciones
Y aquí aparece el otro ingrediente de la historia. Pattaya es uno de los principales destinos turísticos de Tailandia y posee una enorme infraestructura de hoteles, bares, restaurantes y centros de entretenimiento. Pero también arrastra desde hace décadas la reputación de ser una de las capitales mundiales del turismo sexual, al punto de que es conocida popularmente como «la ciudad del pecado».
Las autoridades tailandesas intentan desde hace años modificar esa imagen y promover una versión más familiar de Pattaya, vinculada con sus playas, actividades deportivas, bienestar y atractivos culturales. La llegada de miles de militares estadounidenses, sin embargo, reavivó inevitablemente la vieja asociación.
Los tripulantes tienen prohibido ingresar a determinados sectores de la ciudad, entre ellos Soi 6, una calle conocida por su concentración de bares de «go-go». También tienen vedado el acceso a establecimientos de cannabis y determinadas actividades acuáticas.
La prostitución es ilegal en Tailandia, aunque la actividad sexual comercial continúa siendo visible en buena parte de Pattaya. Según estimaciones citadas por la BBC, entre 25.000 y 50.000 trabajadoras sexuales desarrollan actividades en la ciudad.
Las autoridades incluso realizaron una redada contra trabajadoras sexuales antes de la llegada del portaaviones, aunque el alcalde negó que el operativo estuviera relacionado con la visita estadounidense.

Cinco días que valen millones
Más allá de las preocupaciones por seguridad y conducta, la llegada del Lincoln es recibida con entusiasmo por buena parte del sector comercial.
La economía de Pattaya viene sufriendo el impacto de la caída del turismo y del gasto de los consumidores asociada a la guerra en Medio Oriente. Por eso, la presencia de casi 5.000 militares que llevan meses cobrando su salario sin prácticamente oportunidades de gastarlo representa una tentación difícil de ignorar.
El alcalde Poramet Ngampichet estimó que la visita podría generar unos 100 millones de bahts, alrededor de US$3,1 millones.
«Será una bendición para los negocios», celebró Anthony «AJ» Jones, un músico que trabaja en uno de los bares de la ciudad.
Un comerciante de piedras preciosas fue todavía más directo al resumir las expectativas: «No tenemos nada que perder; solo esperamos que gasten algo de dinero aquí».
Para facilitarlo, la Armada estadounidense puso en funcionamiento un servicio de autobuses entre el puerto y Pattaya que funcionará prácticamente durante todo el día y la noche. También fueron habilitados dos hoteles para quienes quieran pasar la noche fuera del buque.
Las autoridades tailandesas, por su parte, desplegaron cientos de policías y funcionarios y pidieron a los comerciantes que no cobren precios abusivos a los visitantes estadounidenses.
Una ciudad que nació alrededor de los militares
La relación entre Pattaya y las Fuerzas Armadas estadounidenses no es nueva. De hecho, buena parte de la transformación de la ciudad está vinculada con la presencia militar de Estados Unidos durante la guerra de Vietnam.
A mediados del siglo XX, Pattaya era apenas una pequeña aldea pesquera. Los primeros militares estadounidenses comenzaron a llegar en 1959, pero el cambio decisivo se produjo durante la escalada de la guerra de Vietnam.
La cercanía con la base naval de Sattahip y con el aeródromo de U-Tapao, utilizado por bombarderos B-52 estadounidenses, convirtió a Pattaya en un destino de descanso para soldados destinados en Tailandia o provenientes de Vietnam.
Entre 1962 y 1976, unos 700.000 militares estadounidenses pasaron por las bases del país. En los años de mayor despliegue, los soldados estadounidenses representaban hasta el 16% de los visitantes de Tailandia y gastaban anualmente varios millones de dólares.
Hoteles, bares, clubes nocturnos y salones de masaje proliferaron alrededor de esa demanda. Cuando las tropas estadounidenses abandonaron Tailandia en 1976, la infraestructura ya estaba instalada y fue rápidamente absorbida por el turismo internacional.
Con el tiempo, la clientela militar fue reemplazada en buena medida por turistas europeos, rusos y chinos, pero la industria sexual siguió formando parte visible de la identidad de Pattaya, pese a su carácter ilegal.

Una parada de descanso con muchas lecturas
El USS Abraham Lincoln permanecerá en Laem Chabang hasta el domingo 6 de septiembre. Después comenzará el largo regreso hacia Estados Unidos atravesando nuevamente el Pacífico.
Las autoridades de ambos países esperan que los marinos aprovechen la escala para recuperar fuerzas. El contraste resulta inevitable: después de meses de guerra, ruido, vibraciones constantes, escasez de suministros y preocupación por la salud mental, el descanso de la tripulación tendrá lugar precisamente en una ciudad que construyó buena parte de su fama internacional alrededor del ocio destinado a militares extranjeros.
Pattaya quiere demostrar que ya no es aquella ciudad asociada exclusivamente con bares y turismo sexual. Los comerciantes, mientras tanto, esperan que los 5.000 visitantes recuerden algunas de sus viejas tradiciones.
Y después de 286 días en alta mar, probablemente los marineros tengan sus propias ideas acerca de cómo aprovechar cinco días de libertad.

























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