A once años de la primera movilización que cambió la agenda pública argentina, decenas de miles de personas marcharon por las calles rosarinas para exigir justicia por las víctimas de femicidio, reclamar políticas de prevención y denunciar la creciente desprotección estatal frente a la violencia de género
Rosario volvió a convertirse este miércoles en uno de los principales epicentros de la movilización nacional de Ni Una Menos. En el undécimo aniversario del movimiento, una multitud estimada en más de 65 mil personas recorrió el centro de la ciudad desde Plaza 25 de Mayo hasta Plaza San Martín, donde se desarrolló el acto central con fuertes críticas al desmantelamiento de programas de asistencia, prevención y acompañamiento a víctimas de violencia machista.
La convocatoria estuvo atravesada por la conmoción generada por recientes femicidios que impactaron al país, especialmente los casos de Agostina Vega y Dulce Candia, convertidos en símbolos de una violencia que sigue cobrando víctimas pese a más de una década de movilización social. En las calles se multiplicaron las consignas reclamando justicia, mayor compromiso institucional y respuestas concretas frente a una problemática que continúa mostrando cifras alarmantes.
Durante la jornada, organizaciones feministas, sindicales, estudiantiles y de derechos humanos coincidieron en señalar que la violencia de género no puede abordarse sin un Estado presente. Entre las principales preocupaciones surgió la reducción de programas específicos y la pérdida de herramientas destinadas a la prevención y protección de mujeres y diversidades en situación de riesgo. Las voces recogidas durante la marcha insistieron en que la ausencia de políticas públicas termina profundizando la vulnerabilidad de quienes atraviesan situaciones de violencia.
Otro de los ejes centrales del reclamo estuvo dirigido al sistema judicial. Familiares de víctimas, activistas y referentes sociales cuestionaron la lentitud de los procesos, las fallas en los mecanismos de protección y la persistencia de prácticas que dificultan el acceso a la justicia. La sensación de impunidad apareció reiteradamente en los testimonios de quienes participaron de la movilización, en una ciudad que mantiene una larga tradición de lucha feminista y de defensa de los derechos humanos.
A once años del histórico 3 de junio de 2015, el mensaje que dejó la movilización rosarina fue contundente: el reclamo sigue vigente porque la violencia machista continúa siendo una deuda estructural de la democracia argentina. Lejos de una conmemoración simbólica, la multitudinaria marcha volvió a instalar una pregunta incómoda para los distintos niveles del Estado: cuánto más deberá gritar la sociedad para que el «Ni Una Menos» deje de ser una consigna de resistencia y se transforme finalmente en una realidad.

























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